MARRUECOS 2007 LA RUTA DE FIGUIG

 

DIA 1:   Zona de pateras

Cruzamos de Almería a Melilla en un fast- ferry, la cola para cruzar la frontera llegaba hasta el centro de la ciudad y nos fuimos a dar un paseo por la playa y a tomar un te, lo intentamos un par de horas más tarde y en 30 minutos conseguimos cruzar.

Como ya era tarde decidimos coger la carretera de la costa dirección Punta Negri, antes de llegar a Azanèn nos metimos por una pista y llegamos hasta la misma orilla del mar.

 

 

El sitio era hermoso, pero estaba sucio y lleno de basura, dedujimos que en aquella zona acampaban (o se escondían) los marroquíes y sub-saharianos que intentaban cruzar la valla de Melilla. Aún así aparcamos en un redondel un poco despejado, debajo de unos eucaliptos y allí cenamos y pasamos la noche, también tuvimos la visita de unos militares, que quedaron muy contentos cuando les regalamos un montón de camisetas para toda la familia.

 

DIA 2:   Primeras pistas por el Rekkam

Nos levantamos pronto, antes de llegar a Nador paramos a comprar algo de fruta y verdura y enseguida nos juntamos con Jordi y Blanca, que esta vez viajaban con dos niños, su hijo Jordi y Alex, un amigo suyo. Desayunamos en un cafetín a la salida de Nador, te a la menta y msémen, y seguimos por carretera dirección Taourirt, antes de llegar ya cogimos pista.  

Llegamos a Aïn Benimathar al mediodía, fuimos al pequeño mercado de alimentos y compramos pan, tomates, cebollas, aceitunas y la primera de las muchas cajas de pastelitos de hojaldre y mermelada de dátil que nos zamparíamos a lo largo del viaje, el vendedor aún está alucinando pues en su vida había vendido ninguna caja completa, siempre unidades sueltas…

Al ver que tenían sacos de carbón cogimos un par y nos fuimos directos a la carnicería a comprar costillas de cordero para cenar. Como la forma marroquí de cortar la carne dista mucho de la nuestra, Blanca se metió dentro de aquella tenducha llena de todo tipo de carne, pollos y vísceras colgadas al sol, se hizo con una especie de cuchillo oxidado y le enseñó al carnicero como tenía que cortar las costillas.  

Con las compras hechas nos acercamos al único restaurante del pueblo, después de que Blanca hiciera una inspección a la cocina y diera el visto bueno en lo referente a limpieza y buen aspecto del local, cocinera y alimentos incluidos, nos sentamos en la terraza del restaurante a comer, y la verdad es que todo estaba delicioso, tanto el “tajine” como las ensaladas y el montón de “frites” que nos trajeron.

A la salida del pueblo cogimos pista y nos metimos de lleno en el Rekkam, hacía mucho viento y el cielo estaba cargado de nubes negras.

A media tarde paramos en una Khaima para dejar parte de la muchísima ropa y camisetas que llevábamos en los coches, cada vez hacía más frío, el viento era infernal y empezó a lloviznar. A lo lejos divisamos un bosquecillo de pinos y nos acercamos para ver si era posible montar allí el  campamento, protegiéndonos así del viento, pero la idea no funcionó. Por suerte había una casa abandonada, con el techo entero, la cual se convirtió en nuestra por una noche, pues la ocupamos por completo. Una de las habitaciones, que incluso tenía fuego a tierra, hizo de salón comedor y de dormitorio para Jordi y Blanca, los niños durmieron en la habitación de al lado y nosotros en la tienda, encima del coche.  

Por la noche el termómetro bajó en picado, cenamos de categoría, costillas a la brasa y ensaladas de tomate, atún, cebolla y aceitunas, todo ello regado con un buen vino del priorato y escuchando de fondo el agradable crepitar del fuego.    

 

DIA 3:   El Chott Tigri

Solo levantarnos ya teníamos visita, un grupo de niños vinieron a traernos una botella de leche de cabra recién ordeñada, este fue nuestro desayuno, y la verdad es que estaba riquísima. Les dimos unas camisetas y pronto corrió la voz, pues al cabo de poco rato vinieron más niños con sus correspondientes botes de leche a buscar sus camisetas, con lo cual hicimos buen acopio de leche. 

 

 

Rodamos toda la mañana por las pistas del Rekkam disfrutando de sus increíbles paisajes, pintados de verde y salpicados de flores, gracias a las últimas lluvias que había traído consigo la primavera. 

Paramos en un par de khaimas para dar ropa, la gente era encantadora en todas ellas, tomamos el te con ellos, acompañado de pan y mantequilla, y estuvimos un buen rato entretenidos, viendo sus animales y jugando con los niños.

 

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