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El
mismo día de Navidad salimos de casa dirección Almería, donde llegamos
sobre las siete de la tarde, con el tiempo justo para sacar las tarjetas
de embarque y coger el ferry que salía dirección Nador a las 21:30. Al
ser un día tan señalado todos los ocupantes del ferry eran marroquíes a
excepción de nosotros dos y otras cuatro personas. Desembarcamos
en Nador puntualmente el día 26 a las 6:30 de la mañana, el pasaporte lo
sellamos en el mismo ferry la noche anterior y el papel verde del coche ya
lo llevábamos cumplimentado. Tuvimos la suerte de desembarcar de los
primeros y los trámites de entrada se agilizaron bastante, con lo cual a
las siete de la mañana, hora marroquí, ya estábamos fuera de la
frontera dirección al gran sur marroquí. Decidimos
bajar por carreteritas secundarias hasta Erfoud, con lo cual antes de
llegar a Guercif nos desviamos a la izquierda y cogimos la carretera que
baja hasta Missour y empalma con la carretera que une Er-rachidia y Erfoud.
Parecía que íbamos sobrados de tiempo y que llegaríamos perfectamente a
Merzouga, donde ya habíamos decidido pasar la noche en alguno de los múltiples
albergues, cerca de las dunas, aunque como es de esperar y como siempre
pasa en un viaje a Marruecos, las previsiones nunca se cumplen. Pasamos
una mañana muy tranquila, rodando a poca velocidad y disfrutando de la
tranquilidad del lugar y de unas magníficas vistas del Jbel Bou Naceur y
del Jbel Gaberaal, que aparecían a nuestra izquierda con sus cumbres
cubiertas de nieve. Cuando
llegamos a Outat-Oulad-el Haj entramos en la población y paramos en un
cafetín a tomar el primer te a la menta y a desperezarnos un poco. Aunque
se trata de una pequeña población sin ningún interés y alejada de las
principales rutas, también tiene su encanto, las típicas carnicerías
con los pedazos de carne colgando cubiertos de moscas, frutas y verduras
esparcidas por el suelo de los pequeños tenderetes, mantas y alfombras de
colores aireándose en los balcones y ese olor especial, mezcla de menta,
especies y cordero asado al carbón nos
hizo despertar y asimilar que volvíamos a estar en este país tan
fascinante que es Marruecos. Continuamos
hasta Missour, pero al salir de la ciudad y llegar al cruce un
malentendido entre Boulemane y Bouanane nos confundió y cogimos la
carretera equivocada, cuando nos dimos cuenta ya era tarde y decidimos
continuar hasta Talsinnt. Se nos hizo la hora de la comida, pero los
escasos pueblos que cruzábamos eran diminutos y sin ningún cafetín ni
pequeño restaurante para comer, con lo cual paramos al lado de la
carretera y nos preparamos unos bocadillos tirando de las provisiones que
llevábamos. Seguimos
por carretera hasta Beni-Tajite, donde nos paró un control policial y uno
de los gendarmes nos dijo que la pista del “Col de Belkassem” estaba
practicable, nuestra idea era cortar en diagonal y bajar hasta Tazouguerte
y desde allí coger la carretera que empalma con la que une Er-rachidia y
Erfoud. A
la salida de Beni-Tajite cogimos pista, en Semana Santa ya habíamos
pasado por allí y ahora queríamos encontrar la alternativa más rápida,
nos pareció que esta vez cogíamos la pista correcta. Después de unos
kilómetros vimos a dos niños y paramos para darles unos batidos de
chocolate y algún caramelo y bolígrafo. Un poco más adelante vimos una haima bastante escondida, las mujeres al oír el ruido del coche salieron a mirar y al verlas decidimos acercarnos para dejar algo de la ropa que llevábamos. |
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Solo bajar del coche tres mujeres se acercaron a nosotros, nos saludamos a la forma tradicional y enseguida nos ofrecieron entrar con ellas a su haima para tomar el te, la hospitalidad marroquí no tiene límites. Por
signos, pues no hablaban nada de francés, entendimos que la mujer más
mayor era la madre, que vivía con sus dos hijas, una de ellas tenía dos
niños y la otra uno. Los más pequeñines de la familia nos miraban a
cierta distancia y con más miedo que curiosidad, pues no están muy
acostumbrados a que gente extraña visite su hogar.
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Al
cabo de poco aparecieron los dos niños que dejamos en el camino y también
por signos entendimos que no eran de la familia, pero que vivían en otra
haima cercana, solo llegar el mayor saludó a cada una de las mujeres,
empezando por la madre y siguiendo por las dos hijas, según las
costumbres del pueblo berebere.
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También por signos
nos dijeron que la pista que seguíamos nos llevaría a Bounane y que
faltaban unas tres horas, eso nos extrañó, pues en teoría esa pista
discurría por otro lado y según nuestros cálculos debía faltar poco
para coger asfalto, pero no le prestamos mucha atención y lo atribuimos más
a no entendernos bien por causa del idioma. Seguimos
por la pista y aunque vimos otra haima a lo lejos ya no paramos pues la
noche se nos echaba encima, al cabo de poco rato entramos de lleno en un
oued y perdimos de vista la pista, tuvimos que para y bajar del coche,
cada uno de nosotros se puso a andar en sentido contrario hasta que
volvimos a dar con ella. El
terreno cada vez era más pedregoso y había que entrar y salir
continuamente del oued, era casi de noche y la visibilidad nula, cada vez
era más complicado dar con la pista correcta, no nos quedó más remedio
que parar y poner en marcha el portátil, así descubrimos que la familia
berebere tenia razón y que no íbamos por donde pensábamos, además en
el mapa la frontera con Argelia aparecía bastante cercana, con lo cual
decidimos buscar un sitio llano y con suelo arenoso para acampar. En
la orilla contraria del oued se vislumbraba un pequeño palmeral y allí
intentamos llegar, cruzando un pedregal impresionante. Aunque el
coche quedó un poco rayado por las ramas de palmera conseguimos acercarlo
al pequeño oasis y plantamos la tienda con la ayuda de linternas y el
foco trasero del coche. Hacía un frío tremendo, la temperatura bajaba a
cada minuto que pasaba, cenamos bajo un inmenso cielo estrellado una sopa
caliente y unas verduritas con frankfurt y después de contar un buen número
de estrellas fugaces nos acostamos, no serían más de las ocho de la
tarde. El
silencio era sepulcral , estábamos agotados y nos dispusimos a dormir,
pero al cabo de pocos minutos empezaron a ladrar perros en la lejanía,
estuvieron ladrando durante horas y cuando se callaron fue porque ya no
les quedaba ni voz, después de una pequeña tregua donde echamos alguna
cabezada empezó el concierto de burros, todos los de las cercanías se
pusieron de acuerdo para chillar al mismo tiempo hasta desgañitarse, y si
esto no fuera bastante, después de otro pequeño respiro empezaron a
cantar los gallos aún siendo negra noche. Todo esto sumado a unas
temperaturas extremadamente bajas hizo que no pegáramos ojo en toda la
noche. Cuando
nos levantamos, sobre las siete de la mañana, el termómetro del interior
del coche marcaba –2.5 grados. Solo salir de la tienda ya vimos a un
pequeño comité que nos observaba con curiosidad a una distancia
prudencial, hasta que no les saludamos no se acercaron, ninguno de ellos
hablaba francés, pero se empeñaron en explicarnos un montón de cosas en
berebere, de las cuales evidentemente no pillamos ni media palabra, pero
aunque sabían que no hablábamos su lengua continuaron con su parloteo
incesante hasta que llegó un hombre que hablaba un francés impecable,
resultó ser que habíamos acampado a pocos metros de una escuela y él
era el profesor. Desmontamos el campamento y deshicimos unos 800 metros el camino hasta dar con la pista buena otra vez, parece mentira que bien y que fácil se encuentran las cosas de día. Antes de continuar nos acercamos hasta la escuela, donde el maestro nos enseñó la clase y nos explicó que cada iban 33 niños, algunos de ellos debían caminar unas dos horas para llegar hasta el colegio y dos horas más para volver a casa por la tarde, pero lo hacían encantados pues tenían muchas ganas de aprender. Allí dejamos todas las reservas que llevábamos de libretas, lápices, gomas, colores y bolígrafos y continuamos nuestra ruta, que según el maestro no era nada habitual para los extranjeros, pues nunca pasaba nadie por allí. |
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Al
cabo de unos 15 o 20 kilómetros encontramos por fin el asfalto, salimos a
la carretera en el cruce de Bounane, donde paramos en un control y el
gendarme se quedó alucinado cuando le explicamos de donde veníamos.
Continuamos por carretera hasta Boudenib, pero por el camino empezamos a
cruzarnos con árabes con la típica servilleta a cuadros rojiblancos en
la cabeza, de repente vimos 20 o 30 todo terrenos campo a través y todos
sus ocupantes ataviados también con el típico pañuelito, con lo cual
deducimos que algún jeque árabe saudita y por supuesto multimillonario
estaba por allí de cacería, cosa que nos confirmaron más adelante,
realmente el despliegue de medios era brutal y a la vez vergonzoso. Sin
más complicaciones llegamos a la carretera que une Er-rachidia con Erfoud
y nos desviamos para ver los “Source Blue de Meski”, donde antes de
entrar paramos a tomar un te a la menta y celebrar con un improvisado
pastel y las velitas correspondientes el cumpleaños de Jordi. Después de disfrutar de las magníficas vistas del oasis de Meski desde la parte superior, bajamos con el coche hasta el camping y allí conocimos a Abdel, un buen elemento que quería hacer negocios con nosotros a cualquier costa, incluso nos quería vender una casa. Para empezar nos acompañó a dar un paseo por el oasis, con las explicaciones correspondientes y luego nos invitó a un te en su tienda de artesanía. |
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| Paseamos
por el oasis entre palmeras, higueras y algunas parras, esquivando los
cultivos donde predominaban con diferencia las zanahorias y llegamos a la
orilla del río, donde las vistas de la antigua kasbah de Meski eran
excelentes, según Abdel la kasbah lleva 64 años abandonada, ahora toda
la población ya vive en el nuevo Meski. |
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Acabamos
en su tienda tomando el te y aunque no queríamos comprar nada al final
nos llevamos un fósil, eso sí, regateando hasta el último instante,
incluso dentro del coche cuando ya nos íbamos y al fin bajó el precio
hasta donde queríamos pagar, la falta de turismo en estas fechas se hizo
muy evidente. Realmente el oasis de Meski es un lugar agradable y con
encanto que merece la pena ser visitado, además el camping es acogedor y
puede ser un buen final de etapa, especialmente en verano, cuando se podrá
disfrutar de la piscina. A
la salida del oasis les cambiamos a unos niños los típicos dromedarios
que hacen con hoja de palma por unos bolígrafos y caramelos y continuamos
ya por la carretera general dirección a Erfoud con la idea de llegar
pronto al hotel y hacer una buena siesta para recuperar el sueño atrasado
de dos noches, pues la primera en el ferry tampoco dormimos demasiado,
pero como siempre pasa en Marruecos los planes cambiaron sobre la marcha. Camino
de Erfoud paramos en una gasolinera Somepi que hay
a la salida de Aoufouss para llenar el depósito y de paso el jerri,
pues en Erfoud siempre te asaltan “amigos” y “guías” por todos
lados. En
la misma gasolinera vimos una furgoneta con matrícula de Santander y nos
acercamos a hablar con ellos por sí tenían algún problema, pero resultó
que aquella familia de Santander, José, Nieves y sus dos niños estaban
pasando unos días en casa de la familia marroquí propietaria de esta
gasolinera y además uno de los hijos de la familia, Driss, vive con ellos
en Santander, pues gracias a ellos pudo venir a España con un contrato de
trabajo. Empezamos
a charlar animadamente y enseguida Driss nos invitó a comer con ellos en
casa de su familia, primero nos enseñó su casa y luego fuimos a comer a
casa de sus tíos, realmente aquella gente, que no nos conocía de nada,
nos trató de forma increíble abriéndonos de par en par las puertas de
sus casas. La comida fue un verdadero banquete, solo llegar a casa de sus tíos pasamos a una sala muy grande y nos sentamos todos en el suelo con cojines y nos repartimos en dos mesas, éramos más de veinte personas, nos trajeron un enorme cuscús espolvoreado con azúcar glaseado y canela además de varios platitos con la típica ensalada marroquí, todo estaba exquisito. |
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Cuando
acabamos nos sirvieron el te y tomamos varias tazas mientras charlábamos
alegremente, la sorpresa fue cuando al cabo de bastante rato apareció un
chico con una tetera llena de agua hirviendo, una vasija y una toalla y
fue pasando uno por uno para que nos laváramos las manos, acto seguido
nos plantaron un enorme tajine de cordero en cada mesa, platitos con
ensalada de judías
verdes y una buena dosis de pan marroquí, .... continuamos
comiendo y comiendo y luego vinieron los postres!!!, frutos secos,
una gran variedad de fruta y galletas y para poner el punto final otra
ronda de te, símbolo de la hospitalidad marroquí. Pasamos una tarde muy agradable en compañía de aquellos nuevos amigos, contándonos las anécdotas de aquel y otros tantos viajes, comentando la situación de los jóvenes marroquíes y escuchando como habían conseguido que Driss viniera a España y consiguiera un buen trabajo, objetivo que persiguen tantos y tantos jóvenes del país y que cada año se traduce en un gran número de muertes por intentar cruzar el estrecho de forma clandestina, quizás alguno de los hermanos de Driss lo pueda conseguir en breve, pues la verdad es que todos ellos están muy bien preparados, incluso con títulos universitarios y por desgracia eso en su país no les sirve de nada y tiene que estar encasa de brazos cruzados. A
media tarde, después de agradecer la hospitalidad a la familia de Driss y
de cambiar direcciones con los amigos de Santander nos separamos y
continuamos nuestro camino hasta Erfoud, parando antes para ver un geiser
al mismo lado de la carretera, ya cerca de Erfoud, a unos 15 kilómetros. Sin
más llegamos a Erfoud a media tarde, cogimos la carretera de Rissani y
llegamos al Hotel Kenzi Bélère, donde habíamos quedado con nuestros
amigos Rafa y Carmen, que a su vez venían acompañados de Alfredo, también
llamado Abderramán. Cenamos
todos juntos en el hotel y Jordi tuvo otra sorpresa cuando después de
cenar se apagaron las luces y entraron los camareros y camareras con los
postres y unas velitas cantando el cumpleaños feliz en francés, lo
volvimos a celebrar, esta vez con botella de cava incluida, eso si, traída
de España. A
la mañana siguiente quedamos a las nueve para desayunar, cargamos coches
y sobre las 10:30 salimos del hotel. Hicimos una corta parada en Rissani
para comprar pan y agua y enseguida cogimos pista, ya no la dejaríamos en
todo el día. |
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Después
de cruzar extensos valles rodeados de un fantástico paisaje montañoso, a
veces casi lunar, íbamos descendiendo hacia el sur, pisando la hamada
marroquí o desierto de piedra, aunque cada vez más hacía su presencia
la arena. |
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Continuamos por
parajes de increíble belleza, cruzamos una pequeña aldea donde como es
habitual quedamos rodeados de un grupo de niños que nos pedían “
stylos” y “bon-bon” , como que no había muchos paramos y les dimos
algún que otro regalito. |
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A pocos metros del
pozo, entre unas gargantas y en medio de un paisaje ya plenamente desértico,
con bastante arena, nos encontramos con un albergue y un pequeño oasis,
el sitio era encantador, pero como para variar íbamos con el tiempo justo
no paramos a comer y decidimos continuar, eso sí antes nos tomamos el te
que nos ofreció el responsable del albergue y cotilleamos en su tienda de
fósiles, donde también había un chico trabajando una de las ultimas
piezas que habían encontrado por la zona. Fue en esta garganta donde nos encontramos con otro Discovery de Barcelona, eran Blanca y Jordi con sus dos hijas y perro incluido que venían de Merzouga por la pista de Douz y se iban a Zágora, después de indicarles que aquella no era la pista correcta continuaron una parte del trayecto con nosotros hasta retomar la pista buena, pero volvimos a separarnos, pues nosotros queríamos llegar aquella noche a Mhamid. Paramos un momentín
en medio de una inmensa llanura para picar algo, pues estábamos
hambrientos y continuamos por pista hasta Tagounite, el último tramo lo
hicimos ya de noche. En Tagounite nos
esperaba Brahim, un amigo de Rafa y Carmen, tomamos un refresco en un bar
y continuamos hasta Mhamid. Fuimos a un albergue en el oasis de Mhamid y
allí cenamos bajo una haima y cubiertos de mantas, pues hacía un frío
tremendo, eso sí, la cena estaba riquísima, empezamos por una ensalada
marroquí y un par de brochette por cabeza y cuando pensábamos que ya habíamos
cenado nos plantaron un enorme tajine en medio de la mesa, aunque al
principio nos asustamos al final no quedó nada en el plato. Pasamos la noche en haimas, tapados con varias capas de mantas y a la mañana siguiente después de desayunar en la misma haima donde cenamos, pero esta vez reconfortados por el calorcito del sol, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo de Mhamid, donde están floreciendo por momentos las agencias de viajes para sacar partido a la zona y llevar turistas al desierto, aunque aún es un lugar bastante virgen en pocos años se va a convertir en otro Merzouga en potencia. |
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En Mhamid también han pintado un cartel como el de Merzouga donde indica la distancia en camello hasta Tombouctú, como muy bien dice la pintada es la “pista de la sed”. |
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Después de visitar
la tienda del hermano de Brahim donde a Alfredo-Abderramán le enseñaron,
como es de rigor, toda la joyería de plata tuareg con las pertinentes
explicaciones, aunque se negó en rotundo a comprar, dimos un paseo por el
pueblo y retomamos la pista para ir hacia las dunas de Mhamid y de allí
al Lago Iriki, uno de los alicientes de este viaje, pues es una zona que
nosotros aún desconocíamos. Rodamos por divertidas pistas con bastante arena hasta llegar a lo que llaman el oasis sagrado, pues en medio del desierto hay un espléndido manantial de agua y un bonito albergue con haimas. Continuamos por pistas hasta llegar a la Gran Duna, donde únicamente hay unas cuantas haimas, aunque no paraba de llegar gente, bien en caravana de dromedarios o en los todo terrenos de las agencias de Mhamid. |
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| Allí comimos de picoteo dentro de unas de las haimas, hicimos algunas fotos de las dunas y Jordi incluso subió hasta la Gran Duna, tarea nada fácil. |
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Después de comer retomamos las pistas, con abundante arena, hasta llegar a la parte norte del Iriki, donde disfrutamos de una bella puesta de sol y paramos a montar el campamento cuando aún quedaba un poco de luz. |
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Aunque al principio
la temperatura era agradable, a medida que pasaban las horas cada vez hacía
más y más frío. Una vez montadas las tiendas nos pusimos en marcha para
preparar la cena y el menú fue digno de restaurante de lujo: Spaguetti
a la Iriki con trufas blancas de Asilah, pues resultó ser que
Abderramán había comprado en Asilah una especie de bolas cubiertas
absolutamente de tierra y porquería variada que según él eran trufas
blancas, el problema era conseguir sacar de allí dentro algo comestible,
en esta tarea se enfrascaron tanto Carmen como Abderramán un buen rato
hasta conseguir limpiar, dentro de lo posible, el principal ingrediente
para la cena y cabe decir que todo ello tuvo su recompensa, pues cenamos
estupendamente. A la mañana siguiente lo de siempre, preparar el desayuno, desmontar el campamento y seguir por pista hasta Foum-Zguid, por suerte las pistas del Iriki son rápidas y podíamos rodar a bastante velocidad, aunque el tramo final fue tremendo, piedras y más piedras que destrozaban tanto al coche como a los ocupantes. |
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Allí había un par de chicas muy jóvenes, casi niñas, pero que ya eran madres. Aunque eran muy vergonzosas y se cubrían continuamente el rostro nos ofrecieron su hospitalidad y nos invitaron a entrar en la haima, pero debíamos continuar y tuvimos que rechazar la invitación.
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Paramos en Foum-Zguid a tomar un te y continuamos por carretera hasta Agdz, allí comimos en un cafetín de la plaza, paseamos por el mercadito y visitamos la tienda de artesanía de la familia de Brahim mientras Rafa se fue a reparar la rueda a un taller vecino, pues pinchó dos veces. |
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Nos despedimos de
Brahim, que se quedó en Agdz, continuamos hasta Ouarzazate y de allí
fuimos hasta Tinherir, donde teníamos el hotel reservado. A la mañana
siguiente desayunamos todos juntos y ya nos despedimos, pues nuestros
amigos de Madrid se iban a pasar el fin de año a Marrakech y nosotros debíamos
subir hasta Nador para coger el ferry de vuelta aquella misma noche. Antes
de dejar Tinerhir nos acercamos a ver el Hotel Toumbouctu, de Roger Mimó,
que por cierto nos gustó mucho, y el chico de recepción nos comentó que
también tenía un restaurante y museo en El Khorbat, unos 5 Km. antes de
Tinjdad, como íbamos en aquella dirección decidimos parar a visitarlo. El museo está situado dentro de una de las casas de la kasbah, ocupando cada una de las habitaciones, incluso terrazas, escaleras y pasillos, allí se puede descubrir toda la historia de Marruecos, desde sus orígenes hasta la actualidad y aunque todavía está en construcción el material que se exhibe es de gran interés. También tomamos nota mentalmente de ir a cenar a aquel restaurante en nuestro próximo viaje, pues el sitio era muy tranquilo y acogedor, especialmente para una noche de verano, pues hay un jardín y mesas al aire libre. |
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El tramo restante
hasta Nador lo hicimos de un tirón, parando solo a comer en una arboleda
al mismo lado de la carretera y ya casi al final para rellenar el depósito
de gasoil, aprovechando que es más barato y que aún nos quedaban algunos
dirhams. Llegamos al puerto
de Nador que ya era negra noche, en dos minutos sacamos las tarjetas de
embarque, pues ya teníamos los billetes y nos pusimos en la cola para
sellar los pasaportes, tuvimos suerte, pues fuimos de los primeros. A
continuación nos pusimos en la cola para embarcar y la suerte nos sonrió
de nuevo, pues la mayoría de coches estaban siendo sometidos a un
registro integral, tanto interior como exterior, en cambio a nosotros nos
tocó un chico joven al que le gustaría el 4x4 y nos dejó pasar sin
problemas, embarcando tranquilamente unas tres horas antes de la salida
del ferry. Solo embarcar fuimos a cenar y aguantamos despiertos hasta las doce, hora española, para tomarnos las uvas de la suerte en nuestro camarote, con una botella de cava que habíamos reservado para la ocasión y a los pocos minutos de entrar en el año nuevo ya estábamos acostados soñando con el próximo viaje. |
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