MARRUECOS

Y

SAHARA OCCIDENTAL

Por fin vacaciones !!!! y la oportunidad de escaparnos unos días a África, aunque este año de forma mucho más relajada, dedicando estos pocos días a descubrir rincones escondidos del Sur de Marruecos y a explorar nuevas pistas por el Sahara Occidental. Una vez más hemos acertado, encontrando lugares espectaculares y de gran belleza. 

A las 4:30 de la mañana del Sábado 31 de Julio salimos de Terrassa con nuestro inseparable Discovery, pero esta vez no haríamos la bajada hasta Almería solos, nos acompañaban Javi y Silvia, ya compañeros de otra aventura por Marruecos, con su Nissan Patrol alias “Petrolero” y Javier y Aurora con su recién estrenado Kia Sorento. 

En Almería nos juntamos con Rafa y Carmen que viajaban con su Mitsubishi rojo. El puerto de Almería era un caos, estaba a reventar, embarcamos con retraso, pero después de una larguísima y pesada cola, bastantes pitadas, enfados y broncas conseguimos subir al ferry. La cola para sellar los pasaportes era, para variar, kilométrica, pero esta vez decidimos acostarnos y sellar a la mañana siguiente.  

1 de Agosto: Nador - Primeras pistas por el Rekkam

Nos levantamos al oír a las azafatas de Ferrimaroc golpear los cristales de los camarotes para despertar al personal y nos fuimos directos a la cola de sellado, había muchas menos gente, pero aún así podíamos tener fácilmente 30 o 40 personas delante, al cabo de cinco minutos y cuando aun quedábamos bastantes por sellar, nos cerraron la puerta en los morros.  

En Nador hicimos los trámites con bastante presteza, incluido el sellado del pasaporte por la puerta falsa, consiguiendo salir rápido del puerto. Paramos a desayunar en uno de los típicos cafetines con terraza y nos tomamos el primer té a la menta acompañado de un crujiente y delicioso pan de hojaldre recién hecho que allí llaman “msemen”, fue en aquel cafetín donde nos juntamos con nuestros amigos de Alcoi, por un lado Max y Abi con su Nissan GR – Cañonero y los tres niños desamparados (Carlis, Nano y “Pisha”) con su Mitsubishi Pick-Up “flower power”.  

Sin más preámbulos carretera y manta, todos íbamos locos por coger pista, dejar atrás los atascos, el caos circulatorio y olvidar la odisea de cruzar el estrecho en tan maldita fecha. Dejamos la carretera en Mahirija y una serpenteante pista de montaña nos subió al Plateau del Rekkam, allí empezamos a encontrar las primeras haimas, por ser una zona poco transitada tanto mujeres como niños al principio se mostraban asustadizos, pero poco a poco empezaron a coger confianza. Allí dejamos los primeros juguetes, ropa, jabones y pintalabios, aunque aquellas gentes no entendían nada de francés y fue imposible entablar conversación, solamente pudimos intercambiar alguna palabra en árabe, la expresión de sus caras reflejaba claramente su agradecimiento.

Estuvimos rodando todo el día por las pistas del Rekkam, disfrutando del paisaje y tiramos hasta última hora de la tarde para ganar tiempo, pues al día siguiente nos esperaba una larga etapa por asfalto. Con las últimas luces de la tarde paramos en un rellano un poco apartado de la pista principal y montamos nuestro primer campamento, donde no faltaba de nada, algunos aprovecharon para refrescarse en una improvisada ducha montada entre 4 paredes de lona, otros montamos la tienda rápido, pues nos caía la noche encima y nos sentamos a charlar con una cerveza bien fría en la mano, Javi y Silvia sorprendieron a todo el mundo al montar en un plis-plas la tienda que llevaban en la vaca, solo quedaba hacer la cena, disfrutar de la compañía y saborear la tranquilidad del lugar. A media cena, se escucharon los primeros truenos,  empezó a soplar un buen vendaval y cayeron las primeras gotas de lluvia, tuvimos que extender rápidamente una lona encima de las mesas, la temperatura bajo bastante y nos cayó un buen chaparrón, pero eso no estropeó la sobremesa, todo al contrario, estuvimos de risas, tonterías y cachondeo un buen rato, preámbulo de lo que serían todas y cada una de las noches de acampada.  

2 de Agosto: Ouarzazate - La fiesta de cumpleaños

Javi y Silvia, fueron los más madrugadores y cumpliendo el “castigo” que les impusimos la noche anterior, viendo lo fácil que se montaba y desmontaba su tienda, hicieron café para todos. Desayunamos, desmontamos el campamento y seguimos por las pistas del Rekkam, donde empezaron los primeros problemas mecánicos, el Kia de Javier y Aurora pinchó e incluso tuvimos que sacar el libro de instrucciones para averiguar como se sacaba la rueda de recambio (el coche no tenía ni diez días), cosa que al final no hizo falta, pues reparamos el neumático con un “moco”. Seguimos nuestro camino y sin más contratiempos llegamos a Anoual, donde llenamos los depósitos y cogimos asfalto. Paramos a comer en Er-Rachidia, hacía bastante calor y aún nos quedaban muchos kilómetros por delante, pues nos esperaban en Ouarzazate para cenar. El tramo de la tarde, todo por asfalto, se hizo largo y pesado, paramos en Boulmane de Dades a comprar agua de rosas y Rafa compró un reloj de plástico horrorosamente feo, con la foto de la Meca bajo las agujas y como despertador la voz del muecín llamando a la oración, pero lo bueno del caso fue que no se lo dijo a nadie y la siguiente noche de acampada, en medio de la nada y de madrugada nos pilló a todos de improviso, dándonos un buen susto. 

Llegamos a Ouarzazate siendo ya negra noche, allí nos esperaban nuestros amigos sevillanos, Ángel y Juan. Saludos, abrazos, presentaciones y corriendo a ducharnos, pues el personal del hotel nos apremiaba con la cena, que ya estaba preparada. Fue una cena muy especial, por fin todos juntos y además celebramos dos cumpleaños, de Àngels y de Juanín, hubo buena comida, vino, cava, pastel, regalos y por encima de todo muchas risas y ganas de pasarlo bien.  

3 de Agosto: Tazenakht – Pedregales y trialeras

Desayuno y a los coches, la pista de Tazenakht empezaba a las afueras de Ouarzazate, el primer waypoint no estaba muy lejos, costó un poco encontrar el inicio de la pista pero al final dimos con el, este desconcierto hizo que parte del grupo se despistara y fuera hasta Tazenakht por carretera.

Solo dejar el asfalto nos sorprendió la belleza del paisaje, a nuestra izquierda una fotogénica Kasba coronaba la cima de una loma y a sus pies corría el riachuelo que íbamos a vadear en más de una ocasión. 

Cruzamos bellos oasis y pintorescos poblados, en uno de ellos había unos hombres trabajando en una especie de grandes depósitos, que calentados con leña, destilaban algún tipo de planta aromática similar al tomillo.

La pista empezó a subir y subir, serpenteando entre mares de montañas, cruzamos tremendos pedregales y trialeras hasta bajar otra vez al valle, ya en la llanura hicimos unos pocos kilómetros más por pista hasta encontrar la carretera de Tazenakht, donde nos juntamos con el resto del grupo.  

 

Comimos bajo el toldo de un cafetín unas ensaladas marroquíes y brochetas o pollo al limón según el gusto de cada uno, eso sí, todo delicioso. Serían casi las cinco de la tarde cuando salimos de Tazenakht, enseguida cogimos pista, Max que ya tenía el “mono”, se desmarcó el primero y haciendo honor a su Patrol – Cañonero, literalmente “despegó”, desapareciendo en pocos minutos de nuestra vista y dejando solamente una lejana estela de polvo a su paso.  

Al caer la tarde encontramos un sitio idílico, un pequeño palmeral al lado de un oued donde las últimas lluvias habían dejado algunas pozas, ideales para darse un bañito. Una vez montado el campamento nos dispusimos a preparar la cena, esta vez el menú sería generalizado para todos, solo era necesario preparar la plancha para hacer los cinco kilos de cabrito que nuestros compañeros habían comprado mientras esperaban en Tazenakht.  

4 de Agosto: Tata, el horno de Marruecos

Después de levantarnos con la llamada del almuecín del despertador de Rafa, desayunamos tranquilamente, recogimos el campamento y retomamos pista. 

Cruzamos varios pueblos de adobe, escondidos entre frondosos palmerales, de los que a veces costaba encontrar la salida, las mujeres y niños nos sonreían y saludaban al pasar, cada aldea aparecía aún más bonita que la anterior, el contraste de las verdes palmeras con los marrones y rojizos de aquellas inmensas paredes rocosas, grabadas a base de pliegues, daba lugar a imágenes dignas de la mejor postal.
La pista iba ascendiendo y el paisaje se volvía cada vez más árido, la última curva del puerto nos sorprendió con un magnífico paisaje, un valle infinito apareció a nuestros pies, ocres, amarillos, marrones rojizos y violetas conformaban una paleta de pintor salpicada por los puntitos negros de los rebaños de cabras que pastaban apaciblemente en la llanura.

Hacía bastante calor, pero el hambre es el hambre y paramos al otro lado del valle a comer alguna cosilla, suerte que de vez en cuando al lado de la pista aparecían pozos que nos permitían refrescarnos, por no decir ducharnos de cuerpo entero. Al poco rato fue la Pick-up la que dio problemas, pues perdió un tornillo del trapecio y la rueda delantera izquierda iba completamente de lado.

Cruzamos un bonito pueblo, con su antigua y  original Kasba todavía habitada, para  variar hubo momentos de confusión al intentar cruzar aquel pueblo, parece mentira lo complicados que son a la hora de construirlos, creo que lo hacen a posta para que tengas que entrar de lleno en él, parar, dar vueltas y más vueltas y preguntar, pero por fin dimos con la salida y lo cruzamos sin más, por suerte era una zona poco frecuentada y los niños no se nos echaron encima, se limitaron a observarnos con curiosidad desde una distancia prudencial.
A la salida nos dispusimos a reparar el coche, hacía tanto calor que improvisamos una pequeña haima para que Max pudiera trabajar en la reparación sin quedar achicharrado por el sol, en menos de una hora el coche quedó listo y seguimos nuestro camino.

A última hora de la tarde llegamos a Tata y después de dos jornadas de pista con un balance global de 5 amortiguadores rotos, múltiples pinchazos y alguna que otra pieza perdida en los baches decidimos darnos un respiro y buscar un hotelito. Como el calor que hace en Tata en Agosto es asfixiante nos fuimos al Hotel Relais des Sables para poder disfrutar de la piscina, las habitaciones con aire acondicionado estaban todas ocupadas, pero no nos importó, con la piscina nos conformamos. Las habitaciones eran verdaderos hornos, de los colchones salía más calor que de una plancha de cocina, dejamos el equipaje y en pocos minutos estábamos todos en la piscina, el calor era tal que al salir del agua incluso se tenía sensación de frío. Cenamos en el porche al lado de la piscina y dormimos desnudos encima de las camas con las puertas de las habitaciones abiertas, alguno incluso pasó la noche en las hamacas al lado del agua.  

5 Agosto: Una piscina verde en medio del desierto

Después de desayunar tranquilamente en el hotel, cargamos los coches, llenamos los tanques de gasoil y fuimos a hacer algunas pequeñas compras por Tata, tomates, melón, pan, agua e incluso ya compramos algunos regalos, pues el mercadito callejero de Tata tiene precios bastante buenos comparado con el norte. Sin más preámbulos cogimos carretera rumbo sur hasta llegar a Akka, a la salida del pueblo empezaba la pista que debíamos tomar.   

Rodamos por pistas con mucha piedra, lo que provocó que la marcha fuera más lenta de lo habitual y algún que otro pinchazo. A nuestra derecha apareció un blanco morabito, paramos bajo unas acacias y algunos subieron a cotillear, el lugar en sí tenía su encanto, al fondo había una montaña de pared vertical con un riachuelo a sus pies donde los rebaños de cabras pastaban tranquilamente, en medio del gris de la roca se distinguían unos puntitos de colores, nos acercamos andando con Aurora y descubrimos con asombro que había un grupo de mujeres y niñas instaladas en uno de los salientes y tenían montado allí su campamento, les hicimos señas y aunque al principio se mostraron muy tímidas tres de las niñas acabaron bajando, saltando con una agilidad envidiable, una de ellas descalza, por aquellas empinadas piedras y vinieron con nosotras hasta los coches donde les dimos ropa, caramelos, jabones, cremas labiales y algo de comida, la más pequeña al ir descalza no podía estar casi de pie pues se quemaba los pies y Jordi le iba echando agua para que se le refrescaran.    

Siguiendo la pista llegamos a una pequeña garganta que desembocaba en un peculiar pueblo de adobe, aparcamos los coches al lado del palmeral intentando buscar algo de sombra, pues el termómetro subía por momentos y nos vimos de pronto rodeados por decenas de mujeres y niños, que se multiplicaron prodigiosamente a partir del momento en que empezamos a repartir ropa, juguetes y todo lo que llevábamos que creímos que les sería de utilidad.

Allí pasamos un buen rato, algunos aprovecharon para comer, otros se entretuvieron jugando con los niños e intentando poner orden para poder repartir los caramelos, pero cualquier intento de que los niños formaran una cola ordenada fue inútil, aquello era el caos, además el calor era agobiante, no podíamos parar de beber, aún así Javi se puso a jugar un improvisado partido de fútbol con los balones de playa que Apu y Aurora iban hinchando, no sé cuantos llevaban, posiblemente cientos, todo el sur de Marruecos quedó invadido de balones de plástico rojos y blancos.  

Después de esta calurosa, divertida y al final agobiante parada volvimos sobre lo andando y seguimos por la pista, el termómetro no paraba de subir, alcanzamos los  50º C, de repente apareció una pequeña aldea, donde en el rutómetro que seguíamos ponía que había un dispensario donde se podían dejar medicamentos y allí que paramos.  

Un chico que hablaba francés nos comentó que el dispensario estaba cerrado, pues el médico no vendría hasta dentro de unos 15 días, pero que su padre estaba al cargo y les podíamos dejar los medicamentos a ellos, nos invitaron a su casa a tomar un te, algunos entraron, otros nos quedamos a la sombra jugando con los niños o durmiendo la siesta.

Uno de los chicos nos invitó a ir a la piscina, le reímos la gracia, pues hacía tantísimo calor que nos hubiéramos tirado a ella vestidos, pero todo serio nos dijo que le siguiéramos y nos llevo detrás de su casa, donde había una enorme balsa de agua verdosa, cubierta de algas e insistió en que nos bañáramos, eso sí, vigilando que el agua no rebosara pues allí es un bien muy preciado, no tuvo que repetirlo dos veces, nos metimos todos de cabeza con ropa incluida.