A partir de allí ya seguimos la ruta todos juntos, el paisaje, típico de alta montaña, era impresionante, rodeados de cimas aún nevadas y algún que otro pino negro despistado, estábamos rozando los 2000 metros de altura.

 

 

Llegamos a un cruce en Y, donde deberíamos seguir por la pista de la izquierda, la cual se encaramaba por la ladera de la montaña, ascendiendo de forma vertiginosa, pero al final del camino se veía mucha nieve, sacamos los prismáticos y lo que vimos no nos gustó nada, había muchísima nieve acumulada, sería imposible pasar.

Nosotros nos quedamos en el cruce y aprovechamos para comer, los tres moteros decidieron tirar y probar suerte, igual quedaba algún filón estrechito sin nieve e intentarían pasar con las motos. Les deseamos suerte y nos sentamos a comer, mientras Jordi iba observando sus movimientos con los prismáticos, llegaron hasta el tramo nevado, se bajaron de las motos, inspeccionaron el paso y a los pocos minutos estaban ya de vuelta.  

A partir de ahí tocó rehacer la ruta, seguimos por la pista de la derecha, que nos hizo descender hasta unos hermosos bosques de cedros y acabamos llegando a la carretera de Sefrou, donde nos despedimos definitivamente de los moteros gallegos.  

Una vez llegados a un pueblo llamado Ribat-el-Kheir, o algo similar a eso, pues ni siquiera salía en los mapas, empezamos a buscar una pista alternativa que nos llevara hacia el sur, sin tener que subir a Sefrou y bajar hasta Outat-Oulad-el-Haj por asfalto. Buscando alguna pista transitable, que nos permitiera retomar nuestra ruta y acercarnos a los wpts que queríamos, hicimos “turismo” por increíbles pueblecitos de montaña, perdiéndonos dentro de aquellas complicadas aldeas del Atlas, bajo la mirada sorprendida de los lugareños.  

Al final dimos con una pista que nos permitiría acercarnos a nuestro objetivo siguiente, el Rekkam. Continuamos por pistas del Atlas Medio, continuamente aparecían pequeñas casitas de beréberes dispersadas por las laderas, acampamos en medio de un inmenso pedregal, cerca de unas casas. Cena fría, alcachofas con anchoas, nos subimos a la tienda y estuvimos un buen rato leyendo. Nos acostamos a las once y por fin tuvimos una noche con temperatura agradable, no pasamos nada de frío, eso sí, toda la noche hubo concierto de ladridos, rebuznos y balidos.

 

DIA 7 – La maldición del Rekkam

Nos levantamos a las 9, desayunamos y recogimos el campamento, nuestros vecinos pastores ya se habían acercado con el ganado y nos miraban discretamente desde una distancia prudencial, les dejamos unas camisetas debajo del árbol donde habíamos acampado.  

Pasamos por pueblecitos encantadores, al lado de ríos y rodeados de cultivos hasta que de repente encontramos una carretera asfaltada. Paramos en un pueblo muy pintoresco, más que pueblo tres o cuatro casas, a hacer fotos y repartimos unas cuantas camisetas más. Se notaba que la zona no era muy transitada, pues los niños nos miraban con recelo y les costaba acercarse a nosotros.

Esta carretera nos llevó al final hasta Outat-Oulad-el Haj, donde llegamos a las 12:30. Compramos pan, quesitos para Eura, pusimos gasoil y tomamos un te, nos costó bastantes vueltas pueblo arriba, pueblo abajo, encontrar la pista que nos metería de lleno en el Rekkam, pero al final dimos con ella.  

Ya en el Rekkam paramos en tres khaimas para dar ropa, en la primera había dos mujeres con un niño pequeño que se asustaron un montón al vernos, en la segunda dos hombres muy simpáticos y charlatanes (aunque no entendíamos nada de lo que decían) y en la última solamente una anciana, con profundas arrugas y surcos en el rostro y a la que le faltaba un ojo, que al darle una bolsa con ropa enseguida salió a ofrecernos agua.

Llegaba la hora de acampar, el problema esta vez era el viento, que a medida que avanzaba la tarde soplaba cada vez con más fuerza. Intentamos buscar algún lugar donde nos pudiéramos resguardar un poco de aquel tremendo vendaval, pero eso en el Rekkam, que es una llanura sin fin, es bastante difícil.  

Al final nos metimos en un oued y nos pegamos al lado de una duna de arena dura con matojos incrustados, montamos la tienda y sacamos la mesa y las sillas, solo aguantamos 10 minutos, aquello más que viento ya rozaba el huracán, tuvimos que encerrarnos dentro de la caja de la pick-up y cocinar y cenar en su interior, con la puerta y ventanas cerradas a cal y canto. Al acabar de cenar subimos corriendo a encerrarnos en la tienda. El viento no paró de soplar en toda la noche, azotando la tienda sin parar.

 

DIA 8 - Marruecos mediterráneo

Nos levantamos a las 8:30 después de medio mal dormir por culpa de aquel viento infernal que no paró de azotar la tienda en toda la noche, moviéndonos como si de una coctelera se tratara y provocando todo tipo de ruidos.  

Bajamos de la tienda, el viento era aún peor, si cabía, que por la noche, recogimos lo más rápido que pudimos, pero aún así acabamos rebozados de polvo y arena, masticábamos arena y nos caían las lágrimas al tener los ojos llenos de aquel polvillo fino que se nos metió en los oídos y nos dejo la ropa y el pelo en condiciones lamentables. Nos fue imposible parar a desayunar, sin bajar para nada del coche no paramos hasta Matarka.  

Una vez en Matarka, hartos de viento cogimos asfalto hasta Tendrara, a media carretera vimos una khaima alejada y paramos a dejar toda la ropa que nos quedaba.  

En la khaima había una mujer, dos chicas jovencitas y dos niños pequeños, primero se asustaron un poco, pero al dejar las bolsas de ropa en el suelo ya perdieron el miedo y una de las chicas hasta me abrazó y me plantó un pedazo de beso en la mejilla. La mujer me empezó a soltar un rollo tremendo en árabe (ni que fuera mi lengua materna!!!), del que solo conseguí entender “kuli” (come), “jobz” (pan) y “tey” (te), le empecé a decir que no, pero ella siguió a su bola, se metió dentro de la khaima, cogió una bolsa de plástico y la empezó a llenar con una especie de sémola tremendamente espesa que tenía metida en un enorme puchero.

 

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