MAURITANIA  2003

 

2 de Agosto – Sábado:  Juan, el sevillano de Valladolid

Son más de las tres de la tarde y hacemos entrada en Tarifa, acabamos de hablar con Ángel por el móvil y nos espera en el puerto para ir a comer. Hace un vendaval tremendo, justo en la entrada del puerto vemos una pareja de hombres cogidos de la mano, uno de ellos con una preciosa chilaba plateada y cubierto con capucha, su compañero, sin que destaquen mucho sus ropajes, tiene la misma pinta de moro que él, dentro del coche comentamos:  

Àngels: ¿ “eso”... de allí... qué es?  

Jordi: yo que sé... vaya pinta, ¿no?  

A: deben ser dos moros... y van cogidos de la mano  

J: vete a saber lo que son...  

Se acercaron hasta nuestro coche y se quedaron pegados a la ventanilla, nos quedamos los dos boquiabiertos mirándoles hasta que una fuerte ventolera le levantó la capucha al de la chilaba..... juá juá juá, risas y más risas... el que estaba debajo de la chilaba era Ángel, nuestro compi de Sevilla y a su lado un amiguete suyo que se apuntó a la aventura de este año. Fue así como conocimos a Juanín.

El ferry venía con un par de horas de retraso con lo cual tuvimos una larga y tranquila sobremesa. Llegamos a Marruecos con las últimas luces de la tarde, nada que ver con la tranquilidad de Tarifa, el puerto de Tánger quedó colapsado por la llegada casi simultánea de tres ferrys, nunca nos habíamos encontrado con semejante jaleo, colas sinfín de marroquíes que volvían a su país eran sometidos a escandalosos registros de equipaje y se sucedían multitudinarias pitadas, largas y ensordecedoras, ....tardamos horas en salir de allí. Cenamos y pasamos la noche en un hotel a las afueras a Asilah.  

3 de Agosto – Domingo: Karima, la chica marroquí

Coche, coche y más coche.... en toda la mañana solamente paramos para poner gasoil y tomar el primer té a la menta, todos veníamos con el “mono”. Por mucho que uno se esfuerce al prepararlo, en casa nunca sabe tan rico como en Marruecos.   

Comimos en el puerto de El Jadida, bonito pueblo pesquero que aún conserva las murallas de su antigua medina portuguesa. Los chiringuitos del puerto estaban abarrotados, había una humareda tremenda y el pestazo a pescado frito era insoportable, nos agobiamos y nos metimos en un cafetín cercano, donde todos apilados en una sucia y pegajosa mesa comimos ensaladas, gambas y pescadito frito.  

A media tarde llegamos a Essaouira, Ángel empezó a dar vueltas y vueltas hasta que de repente se paró en un callejón muy tranquilo, justo al tiempo de bajar de los coches se abrió la puerta de una casa y salió una chica joven, morena, ojos bonitos y mirada misteriosa, iba vestida con ropas occidentales pero sus rasgos eran árabes: -“aquí está la cosa más guapa de Marruecos” dijo Ángel, era Karima. Solo llegar nos metió a todos en su casa y nos sirvió un té a la menta, símbolo de la hospitalidad marroquí, acompañado de unos pastelitos que estaban de muerte.  

Pasamos una tarde muy tranquila en compañía de Karima, su hermano Adil y la novia de este, Virginia.  

Cuando nos cansamos de zoquear por la preciosa medina de Essaouira regresamos a casa de Karima para cenar, allí nos esperaba un banquete de impresión, imposible de describir por no conocer el nombre correcto de estos platos de cocina tradicional marroquí. Empezamos con una ensalada muy bien surtida y de espectacular presentación, seguimos con un tajine de ternera guisado con ciruelas y almendras, ...me parece que después de esto ninguno de nosotros era capaz de comer más... y entonces llegó el remate final, una especie de hojaldre de carne con frutos secos y canela, exquisita mezcla de dulce-salado, sandía de postres y a la cama. Esta fue sin duda una de las veces que mejor hemos comido en Marruecos.

4 de Agosto – Lunes: Aluminosis

Otra larga y pesada etapa de coche. Pasamos Agadir y Tiznit, paramos a comer en un chiringuito de carretera antes de Goulmine, huevos fritos con tomate, “brochettes” y “frites”, de postre té a la menta, todo muy rico.  

Continuamos y al pasar por Tan-Tan descubrimos que la romántica puerta de entrada con los dos dromedarios dándose el beso ya no es tal, pues uno de ellos se ha convertido en un montón de escombros apilados en la cuneta, ¿será aluminosis?.

Llegamos al Puerto de Layoune y cenamos y dormimos en Casa Josefina, como siempre.  

5 de Agosto – Martes: Dakla, la desconocida

Paramos a la salida del Puerto de Layoune para hacer fotos a la cinta transportadora de fosfatos, dicen que es la más larga del mundo.

Tiramos hasta Boujdour, allí nos tomamos un par de tes a la menta, compramos sandía y melón para las etapas de desierto, Rafa –el Pápa- no lo puede remediar y va a la “Patisserie Manolo” a por su dosis de pastelitos.  

Hoy toca etapa de relax, nos lo tomamos con mucha calma, paramos para hacer la típica foto del cartel que indica las distancias kilométricas y también hacemos un montón de fotos con las señales de “peligro dromedarios”.  

Pasamos un sinfín de controles, como es normal en el Sahara Occidental, cada vez piden más datos (fecha de emisión/caducidad del pasaporte, lugar de emisión, fecha de entrada a Marruecos, etc).      

Pasadas las tres de la tarde hacíamos entrada en la espectacular y para nosotros desconocida bahía de Dakla, el tiempo no acompañaba, el día estaba muy nublado con tendencia a empeorar y hacía muchísimo viento, aún así el mar tenía un color turquesa especialmente bonito, como era tarde nos fuimos directamente a Casa Luis a comer.  

Tarde tranquila, la temperatura bajaba a medida que caía la tarde, el termómetro del coche marcaba 18º, nos pusimos la poca ropa de abrigo que llevábamos y fuimos a pasear por Dakla, la antigua Villa Cisneros.

Aunque no hay mucho que ver en Dakla, fue un placer callejear y disfrutar del apacible ambiente de esta ciudad, la gente es muy amable, no hay agobios, nos metimos en algunas tiendecillas buscando té verde y aprovechamos para cotillear todo lo que allí tenían expuesto, que no era poco. Después de tantos viajes a Marruecos aún me quedo hipnotizada viendo las pirámides tan perfectas de especies de atrayentes colores y aromas, y me sigue gustando oler, tocar y preguntar que son todas aquellas hierbas, condimentos y demás mercancías que se amontonan en grandes sacos.  El Pápa se metió en una especie de lechería-pastelería de dudosa apariencia y haciendo honor a su glotonería se zampó en un plis-plas uno de esos yogures caseros que se venden por Marruecos.  

Paseando, paseando llegamos otra vez a Casa Luis, donde ya nos esperaban para cenar, teníamos reservadas un par de langostas por cabeza y aunque este no es uno de mis platos favoritos, bien al contrario, reconozco que estaban realmente exquisitas.   

6 de Agosto – Miércoles: Pep, un catalán en Nouadhibou

Continúa el mal tiempo en Dakla, desayunamos como reyes en la terraza del Samarcanda, aprovechamos las últimas horas en Marruecos y nos ponemos morados de pastelería marroquí, zumo de naranja y té a la menta.  

A las 9:00 salimos de Dakla, la mañana transcurre tranquila, solo hacemos dos paradas para rellenar jerris y tomar un té. A las 13:00 llegamos al primer control de la gendarmería marroquí (control de vehículos, carta gris, sellado del papel verde y revisión del número de chasis y del interior del vehículo). 13:15  Segundo control. Aduana. Sellado de pasaportes. 13:30  Tercer control y último. Revisión de pasaportes y entrega de las típicas “fichas” de datos. 

Este año ha ido todo bien, rápido y sin problemas. Cogemos la antigua carretera española, al primer kilómetro el Pápa ve una carretera perfectamente asfaltada a nuestra izquierda, va hacia ella, la coge y se va a toda leche, Ángel le sigue y Jordi se niega en rotundo: -“si el año pasado fuimos por aquí, este año también, yo voy a seguir el track”.  

Continuamos por la antigua carretera española y sin más llegamos al primer control militar de Mauritania, no sabemos nada de Rafa y Ángel, hace rato que les hemos dejado de copiar por la emisora.  

Los puestos militares de entrada a Mauritania son simples y minúsculos barracones hechos de piedra, con un par de camastros en el interior, pues los guardias pasan aquí las 24 horas, comen, duermen y hacen los trámites de aduana dentro del mismo habitáculo.  

A simple vista el primer control parecía abandonado, nos pasó por la cabeza que se hubiera trasladado la frontera a la carretera nueva que habían cogido los otros dos coches, pero enseguida salió un militar y nos confirmó que aquel era el único y obligado paso de entrada al país, con lo cual nos sentamos a esperar, en algún momento Rafa y Ángel darían la vuelta.  

Era la hora de comer y nos invitaron a compartir su comida, entramos al barracón y en el suelo había una fuente de arroz guisado con verduras, los tres militares estaban sentados en el suelo y nos invitaron a hacer lo mismo, Jordi optó por coger el coche y deshacer un poco el camino para intentar contactar por la emisora con los “perdidos”, Mabel y Àngels se sentaron a comer con los mauritanos.  

Evidentemente comimos con las  manos, cuando acabamos con el arroz nos sacaron una sandía, la partieron por la mitad y la dejaron en el suelo, encima de la arena, todos íbamos metiendo las manos dentro para comer, tanto Mabel como yo acabamos pringadas de jugo de sandía hasta las orejas.  

Al poco tiempo aparecieron los “perdidos”, nos registraron a todos en una lista, preguntándonos la profesión y continuamos hasta el segundo control, situado a unos 200 metros, donde es necesario rellenar un impreso del cual té quedas copia y pagar 10 euros por vehículo. También estaban comiendo, esta vez las mujeres se quedaron en el coche, pero los militares les insistieron a los chicos para que éstas entraran a comer, Mabel no quiso y Àngels para no hacerles un feo entró con la única intención de saludar y agradecer la invitación, pero una vez dentro, bajo tanta insistencia acabó comiendo.  

El menú era el mismo, un guiso de arroz, pero esta vez llevaba trozos de dromedario, me limité a comer solamente un poco de arroz y a evitar la carne, pero hasta que no cogí un cacho de carne no me dejaron tranquila, lo estuve mordisqueando un buen rato, pero mi dentadura no podía con él, estaba duro como una piedra, lo tuve un buen rato dando vueltas por la boca hasta llegar al coche y allí lo escupí.  

Continuamos hasta el tercer y último control, entregamos el formulario que llevábamos preparado pues el año anterior nos llevamos unas copias, pero este año habían cambiado alguna cosa del texto y llevaban un sello, asi que no servian, finalmente pagamos 10 euros más por coche. Trámites finalizados, ya estamos en Mauritania.  

Cogemos la pista hacia Nouadhibou, el Pápa coge velocidad y desaparece, a partir de hoy pasaremos a llamarle “mic-mic”, pasa el rato y continuamos sin verle, le decimos por la emisora que vuelva hasta donde estamos, pues la pista va por allí, para que nos vean desde lejos Jordi se sube al techo y hace ondear la bandera marroquí, por la emisora escuchamos: “enfrente vemos un coche con algo rojo en lo alto”, por fin nos han localizado, les observamos a lo lejos como se van acercando y los últimos 300 metros los hace campo a través, es zona de minas.  

Retomamos la pista y al cabo de unas horas llegamos a Nouadhibou, el Discovery ha partido de cuajo el soporte del segundo amortiguador trasero izquierdo, al Mitsubishi no le funciona la emisora y el Aníbal tiene problemas con la batería, en resumen, nada grave, todo tiene fácil solución.  

En primer lugar vamos a cambiar moneda y luego a sacarnos los seguros de los coches, mientras estamos haciendo el papeleo aparece Pep, un catalán que lleva más de seis años en Nouadhibou trabajando en la exportación de pescado y que conocimos el año pasado en la playa de Tafarit. Nos acompaña hasta el camping donde habíamos decidido alojarnos los dos días y una vez descargados los coches nos vamos todos a cenar al Hogar Canario, pedimos pulpo, lubinas, doradas, etc, todo está de fábula, nos ponemos morados de pescado. Después de cenar nos vamos a casa de Pep, allí tomamos café y unas copas, charlando-charlando nos dan las dos de la madrugada, cogemos los coches y nos volvemos al camping a dormir, ha sido un día muy largo.   

7 de Agosto – Jueves: Cap Blanc y la foca monje

Etapa tranquila en Nouadhibou. Nos levantamos tarde, Ángel ha ido a comprar fruta para el desayuno y nos la comemos en el mismo camping, melón, manzanas, peras, mango y zumo de naranja, todo muy rico, pero cientos de moscas nos comen vivos.  

Empleamos la mañana en reparar coches, reestructurar cargas, hacer la colada, etc, a media mañana viene Pep a por nosotros. La primera parada es en el taller de Carmelo, un canario amigo de Pep, allí podemos soldar el amortiguador, mientras Jordi y Ángel se quedan trabajando en la reparación, los demás nos vamos con Pep a hacer un pequeño tour por el puerto pequeño.  

Finalizado el paseo y la reparación nos acercamos a Cap Blanc, de camino paramos para hacer alguna foto del cementerio de barcos.  

En Cap Blanc también vimos un barco mercante recién encallado, solo llevaba allí un par o tres de días, se veía a la gente subir y bajar y oíamos el ruido de los motores, es una lástima como tantísimos barcos, algunos de gran tamaño, mueran allí sin poder hacer nada para devolverlos a mar abierto.

 Nos acercamos dando un bonito paseo y disfrutando del paisaje hasta el borde de los acantilados y tuvimos la suerte de ver una foca monje y presenciar en directo como perseguía a un gran pescado que al final acabó en su comida.  

De vuelta nos desviamos de la carretera y llegamos hasta La Gouira, teníamos ganas de ver como era, especialmente Juanín que se tiró allí un par de años como legionario, como era de esperar no nos dejaron pasar. Dimos una vuelta por Cansado y regresamos a casa de Pep para comer.  

Pasamos una tarde de relax absoluto y por la noche preparamos una cena especial, tanto por ser la última noche que pasábamos con Pep en Nouadhibou, como porque celebrábamos tres cumpleaños. El menú fue de escándalo, langostas en abundancia y tres herreras bien grandes, el cocinero Juan se merece un aplauso, pues todo le quedó delicioso y como punto final un estupendo pastel de triple-cumpleaños con velitas incluidas.  

8 de Agosto – Viernes: La pista de la vía

Salimos de Nouadhibou sin prisas para coger la pista de la vía hasta Choum, a los pocos kilómetros el Mitsubishi se queda enganchado en la arena.  

Cerca del mediodía paramos en un pozo donde literalmente “nos regamos” vestidos, hacía mucho calor y resultaba agradable llevar la ropa empapada. Al lado del pozo vimos un par de haimas y nos acercamos a saludar, solo bajar de los coches se nos acercó un mauritano con chilaba, que saludó a los hombres del grupo con un fuerte apretón de manos, a las dos mujeres ni nos tocó, puesto que la mujer se considera impura y nos mandó a las dos a la haima de mujeres. Allí nos recibieron tres mujeres jóvenes, la madre y una niña preciosa, la madre estaba batiendo leche de cabra en un enorme cuenco, que luego nos ofrecieron para beber, también nos ofrecieron una bandeja de dátiles y tajine de cordero.

Comimos un poco y luego nos vistieron con el típico vestido mauritano, similar a un sari de la India, nos enseñaron como se ponía y nos regalaron uno a cada una, salimos de allí bien ataviadas. Cuando ya estaban a punto de ponernos la henna tanto en las manos como en el pelo, los chicos decidieron que era momento de irse y nos llamaron para que saliéramos, a ellos no les habían ofrecido ni un triste té.

Continuamos por la pista de la vía, arena y más arena, solo paramos un momento para comer, nos pusimos todos debajo del toldo de Ángel y comimos una sandía, hacía mucho calor y quedaban muchos kilómetros por delante, no apetecía comer demasiado.  

A media tarde decidimos parar y preparar la acampada con tranquilidad, pero nos sorprendió una impresionante tormenta de arena que se lo llevaba todo por delante, la visibilidad era nula, lo recogimos todo y continuamos, se empezaba a hacer de noche, a lo lejos vimos una cabañita de adobe y decidimos parar allí, el sitio no tenía mal aspecto, preguntamos a los vecinos y supuestos propietarios si podíamos pasar la noche allí y así lo hicimos. Cenamos dentro de la casita, el calor era tremendo, suerte que la tormenta disipó y pudimos salir a tomar el fresco, mientras estábamos allí a oscuras, disfrutando del fresco de la noche, aparecieron de repente unas sombras, vinieron con tanto sigilo que nos pegaron un buen susto, eran los vecinos. Se trataba de un hombre acompañado de dos chiquillos, nos saludaron y se sentaron a una distancia prudencial, cualquier diálogo fue imposible, no entendían nada de francés, les ofrecimos un poco de comida y bebida y al cabo de un rato desaparecieron con amistosos saludos. Al cabo de poco se repitió la operación, pero esta vez las que vinieron fueron las mujeres.

Concluidas las visitas decidimos acostarnos, hacía tanto calor que pusimos los colchones a cielo abierto y así pasamos la noche, aunque de madrugada empezó a refrescar y algunos de nosotros nos trasladamos al interior de la cabaña.                    

9 de Agosto – Sábado: La pista de la vía, 2ª parte

Después de desayunar levantamos campamento y continuamos por la pista de la vía hasta Choum.  

Es un día de arena, arena y más arena, algunos tramos se hacen realmente largos y complicados, es necesario circular a bastante velocidad y con las presiones al mínimo, la dureza del recorrido es evidente y las máquinas se resienten. El Discovery rompe por segunda vez el soporte del segundo amortiguador trasero, el Mitsubishi sufre varias enganchadas, pincha y se carga la plancha de protección de bajos en un salto de duna.

A media tarde llegamos a Ben Amira, el segundo monolito más grande del mundo y por supuesto el más grande de toda África, es realmente inmenso, su enorme tamaño se aprecia al hacer la fotografía con el Mitsubishi parado en su base.

Llegamos sin más a Choum y cogemos la pista que nos llevará a Atar, estamos un poco rotos y buscamos un sitio confortable para dormir, nos decidimos por el Hotel Waha, cenamos allí mismo una especie de  sopa, pescado seco y pollo de aspecto dudoso. Nos acostamos pronto, han sido dos días muy duros, pero han valido la pena, la pista de la vía ha sido toda una experiencia.  

10 de Agosto – Domingo:  “Boucle de Terjit”, la maldición

Decidimos tomarnos el día con tranquilidad, ir hasta el oasis de Terjit, hacer pocos kilómetros, pasear y disfrutar del lugar, estas eran nuestras intenciones, pero... que poco durarían !!!, en África las cosas se complican en cuanto menos te lo esperas.     

Desayunamos tranquilamente en el hotel, cogimos los coches y nos fuimos rumbo a Terjit, el tiempo no acompañaba en absoluto, no paraba de llover, antes de llegar al desvío donde se coge la pista vimos como el oued se había llevado la carretera por delante. Ayudamos a algunos coches mauritanos a pasar, era necesario cruzarlos con eslinga, el oued bajaba con gran caudal. Más adelante nos enteraríamos de que este año las lluvias habían hecho acto de presencia después de siete años sin llover, y además habían sido y estaban siendo muy abundantes.  

Una vez en la pista, en lugar de ir directamente al oasis decidimos hacer lo que se conoce como “boucle de Terjit” y disfrutar del lugar, a la vez que hacíamos tiempo para que dejara de llover. El paisaje era espectacular, el contraste de las dunas con montañas pedregosas y el verde de los oasis daba lugar a escenas de postal.

Paramos en un poblado y algunos niños se acercaron hasta nosotros, les dimos parte de nuestra comida, zumos y algunos bolígrafos y caramelos, una de las niñas llevaba una pintura preciosa en la mano y ella bien que lo sabía, aprovechándose de ello para ser el centro de nuestra atención.

 Debíamos coger una pista a la izquierda, pero no la vimos y pasamos de largo, la arena estaba muy blanda por la lluvia, el Discovery quedó enganchado al parar para poner la reductora y no hubo manera de sacarlo ni bajando presiones, tuvimos que tirar de eslinga. 

Pasamos por lugares de increíble belleza, cruzamos un espectacular cañón entre dunas para luego escalar una tremenda cuesta, desde la cumbre se podía disfrutar de una impresionante vista panorámica de aquel insólito lugar.  

Intentamos buscar una pista que nos llevara hasta Oujeft y de allí a Terjit, pero todos los intentos fueron en vano, hicimos kilómetros y más kilómetros, cruzamos pintorescos poblados excavados en la roca, subimos y bajamos montañas, cruzamos pedregosos oueds secos, atravesamos valles, y cuando ya estábamos muy cerca de nuestro destino nos encontramos con un enorme oued que nos barraba el paso, cualquier vadeo era impensable, el oued que apareció ante nuestros ojos era profundo, ancho y muy caudaloso, fue necesario sacar mapas, poner en marcha el portátil y buscar alternativas, un tranquilo día de paseo se estaba complicando por momentos por causa de las condiciones climáticas.  

Pero todo tiene su premio, el lugar era de extraordinaria belleza, los tonos naranjas de la arena, el verde de las palmeras, el enorme oued, todo tenía un color especialmente bonito contemplado con las últimas luces de la tarde e hizo que nuestros ánimos aún no decayeran.

Pues nada, vuelta para atrás y más kilómetros para intentar salvar el oued y llegar a Oujeft, la pista era mezcla de arena con algunos tramos de piedras, el día comenzaba a ser interminable, llevábamos horas y horas en el coche, cuando el GPS marcaba solo 4 kilómetros en línea recta para llegar a Oujeft, nos volvimos a encontrar con el mismo oued en los morros, no nos lo podíamos creer, tampoco pudimos continuar, aquí si que los ánimos empezaron a decaer, el Mitsubishi no acababa de ir bien, además perdió lo poco que le quedaba del parachoques con matrícula incluida y  aprovechamos la parada para quitarle el resto de plancha de protección, pues al llevarla suelta hacía un ruido ensordecedor que destrozaba los nervios a cualquiera.  

Empezaba a oscurecer, solo había dos soluciones, una era plantar tiendas y pasar la noche allí, esperando que bajara el caudal del oued y al día siguiente se pudiera cruzar, la otra dar la vuelta y buscar la pista de Atar a Chinguetti hacia el norte de donde estabamos, desconociendo como estarían las pistas y sabiendo que en ello podíamos emplear unas 3 o 4 horas. Ya era negra noche cuando decidimos continuar hasta Atar, más y más pista, algunos tramos inundados nos obligaban a bajar del coche y buscar con linternas la mejor salida para retomar el camino, nervios, cansancio, el Discovery partió el otro soporte del doble amortiguador que le quedaba, al Mitsubishi no le funcionaba el embrague, llegando al hotel de milagro, pues ya casi no le entraban las marchas. Sobre la una de la madrugada entrábamos exhaustos en Atar, poniendo fin a aquel tormentoso día, que en principio tenía que ser de relax y pocos kilómetros. El Pápa lo tenía claro: -“mañana me voy para Madrid, con el coche así es imposible continuar”.   

 11 de Agosto – Lunes: Terjit, vergel en el desierto

Afrontamos el nuevo día más tranquilos y descansados, con ganas de solucionar los problemas y seguir adelante con el viaje, aunque algunos ya tenían ganas de irse a Nouakchott y tirar de hotel y playita.  

El Mitsubishi está muy perjudicado, la primera visita del día es a un taller mecánico, hoy estamos de suerte y las cosas empiezan a salir bien, el problema no era tan grave, se había caído el tapón de vaciado de la transfer y se quedó sin gota de aceite, todo queda solucionado al poco rato, solo nos falta buscar un pedazo de cartón y un rotulador y hacerle una matrícula nueva.  

Ya más calmados y con ánimos renovados nos dirigimos al fin a Terjit, llegamos cerca de mediodía, el sitio es realmente bonito, y más después de tantos días de lluvia, paseamos por la estrecha garganta, no paraba de caer agua por aquellas paredes de piedra que aparecían cubiertas de verde, con gran cantidad de musgo y helechos colgando como si de estalactitas se tratara. Nosotros dos incluso nos bañamos en una poza natural creada con el agua de las últimas lluvias, el resto de compañeros nos trataron de locos, asegurando que podíamos coger desde una hepatitis hasta bilharzia, pasando por alguna que otra sanguijuela, pero el baño nos sentó divino y lo que tenga que ser será. 

Dejamos Terjit y de vuelta paramos en Azouigui, cuna de los Almorávides en el siglo XI, nos acercamos hasta el oasis y comimos de picnic en medio del palmeral. A media tarde ya estábamos de regreso al hotel, incluso nos echamos una buena siesta, quizás aquel día fue lo más parecido a unas vacaciones.

 

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